Por fin llegamos a la isla de Derawan.
Su diminuto tamaño, su escaso alojamiento, y que en la isla solo hubieran dos turistas, convertía en Derawan en un sueño.
Nos hospedamos en unas sencillas cabañas que se adentraban en el mar.
Las habitaciones se veían simples, con suelo entreabierto para que pudiera sentirse el mar.
El precio era de 75000 rupias  y otro tanto si querías pensión completa.
La zona central de la isla la ocupaban los cocoteros y el generador eléctrico.
También estaban las sencillas casas de los pescadores, mientras que las playas se reservaban para que las tortugas verdes depositaran los huevos haciendo pequeños hoyos con sus patas traseras.Cada mañana o cada tarde, al subir la marea, las tortugas pastaban a escasos dos metros de las habitaciones. Un espectáculo digno de ver puesto que pocas oportunidades hay de vivir situaciones semejantes.

 

Sentados en el muelle no teníamos sensación de turismo, disfrutábamos sencillamente dejando pasar el tiempo sin agobios ni pretensiones.
Reservamos el día siguiente para hacer una excursión y ver las mantas pues aprovechan las mareas para comer plancton  en las zonas de corriente.

Apalabramos ir en la excursión con nuestros amigos ingleses a una remota isla que tras quedarse aislada en épocas geológicas pasadas, alberga en su interior un lago salobre con millares de medusas quienes, debido a su aislamiento, han perdido la necesidad defensiva de ser urticantes.
Hay otro ejemplo de este fenómeno en las islas Filipinas.
En la excursión, por 1000000 de rupias te llevaban a la  isla Karkaban y después a Sangalaki para ver las mantas (si había suerte), y pasear por sus playas el resto de la tarde hasta que fuera la hora de volver a eso de las seis.

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