El tifón Ondoy estaba arrasando la isla de Luzón por lo que tuvimos que huir de Manila hacia el sur del país.
Aterrizamos en la anodina ciudad de Iloilo, que nos sirvió de base para visitar la cercana Guimaras dónde alojados en el Baras Beach pasamos un par de días.
Pero el mal tiempo seguía amenazando así que descendimos más al sur hacia la isla de Negros con intención de visitar la paradisíaca White Beach en Sipalay. Sin embargo la lluvia torrencial nos impidió embarcar hacia la playa. Buscado el sol descendimos aún más al sur, hacia la ciudad de Dumaguete, en un viaje algo peligroso por carretera.
El tifón Ondoy había pasado pero las previsiones anunciaban la formación de dos nuevos tifones en las cálidas aguas de los mares de este, por lo que optamos por dar el salto a la isla de Palawan ya que su latitud y altitud la hacían menos vulnerable al paso de los tifones.
Llamada “la última frontera” por lo dificultoso que resulta recorrerla, la isla de Palawan se nos mostró como el bálsamo que necesitábamos a tantos percances.
Disfrutamos de un magnífico día de sol en Honda Bay y sus blancas islas, nos introdujimos en uno de los ríos subterráneos más largos del mundo, a lo Robison Crusoe hicimos nuestra la pequeña isla de Cocoloco que bien podía ser el hogar de Epicuro pues solo había lugar para el placer y la diversión.
Tras un tortuoso viaje en autobús de 9 horas que nos costará olvidar llegamos a El Nido, posiblemente el lugar más bonito del país y al que le quedan dos teleberris antes de que la especulación y el cemento lo corrompan.
Durante cuatro días recorrimos las islas que conforman el archipiélago de Bacuit, buceando, tomando el sol y mezclándonos con la población local.
Cruzamos el estrecho de Linapacan para llegar al archipiélago de Coron, famoso mundialmente por albergar la mayor aglomeración de barcos hundidos de fácil acceso. En sus aguas se fraguó una de las batallas más épicas de la segunda guerra mundial. Pero la vida siempre se abre camino y ha logrado colonizar los cascos de los barcos de guerra hundidos creando magníficos arrecifes que albergan gran diversidad marina.
Visitamos la volcánica isla de Camiguin. Sus fondos volcánicos sin apenas arena permiten que sus aguas sean increíblemente cristalinas. Recorrimos en moto la isla.
Un ferry nos llevó hasta la cercana isla de Bohol y su famosas Chocolate Hills que aún mostraban su vestido verde de verano. Los tarsiers despertaron nuestros instintos más maternales con su fragilidad manifiesta y pasamos un par de relajantes días en la cercana isla Panglao.
Finalmente volvimos a Manila. Pocas ciudades en el mundo nos han generado semejantes sentimientos de rechazo, animadversión y hartazgo como esta. Su extrema contaminación, que hace hasta costos respirar, su escaso interés cultural, su sobrepoblación, sobreexplotación y ciudad terminaron por minar nuestra moral.
Afortunadamente el resto del país nos había recargado las pilas.
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